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martes, 24 de abril de 2012

De mis intentos de formar un sindicato de fumadores

La "Ley antitabaco" es de moral doble: le importa más lo que va a
recaudar por impuestos y multas... ¿Cómo es que permite vender
cigarrillos en bares y no permite fumar en ellos?

Fidel, cuando casi muere de fumar...
un puro explosivo que le mandó John F. Kennedy.
Cuando se inició el proceso que llevó a aprobar la Ley 9028, conocida popularmente como "Ley antitabaco" pensé en las posibilidades de organizar un grupo de oposición, cosa que excluí de inmediato al recordar que vivo en un país donde existe una especie de desidia intelectual, de rechazo a la lectura, la reflexión y el pensamiento y a nadie pareciera preocuparle nada. ¿Aumentan el costo de los servicios? : si acaso escucho por ahí decir "caray, qué caro está todo y subieron la luz". Luego pasivamente, a fin de mes, la gente paga la factura y ni siquiera se preocupa por apagar una bombilla. ¡No!, si hemos sido educados para  actuar individualmente, no para organizarnos. Todo en nuestro sistema educativo ha sido fríamente planificado para  conseguir ese objetivo y aniquilar la rebelión de las masas.
Si a las organizaciones gremiales y  sindicales les cuesta una millonada llevar a cuatro gatos a una manifestación hasta para solicitar un privilegio…¡Iluso yo, que me atrevo a pensar en organizar a los fumadores!

Me olvidé para siempre de mi estúpida idea  de un sindicato de fumadores, cuando empezó por todos los medios posibles una campaña para estigmatizarnos como "enemigos de la salud pública", "viciosos indeseables" y finalmente "delincuentes de  la salud".

Pero como yo no soy hombre de doble rostro, lo dije donde pude: soy fumador, me gusta, me complace, me provoca un placer  sensual tomar un café acompañado de un cigarrillo, compartir una cerveza con otros fumadores y disfruto con quien me acompaña en la vida, del acto de tomar un traguito antes y de fumar un cigarrillo después. ¡Y estoy contra la Ley antitabaco !

"Fumando espero", Sara Montiel.
Cuando hace años decidieron hacer sitios en bares y restaurantes para fumadores, sinceramente no me pareció mal, aunque era evidente que allí empezaba una forma odiosa de discriminación. Lo acepté porque, a fin de cuentas fumaran o no fumaran  quienes querían compartir conmigo la cerveza y el diálogo no les importaba sentarse en el área de fumado.

Pero la facistoide Ley 9028 ya rebasó los límites de lo aceptable. Desde que empezó a discutirse, en muchos lugares donde encendía un cigarrillo, había desconocidos que se apartaban, corrían sus sillas como si de la llegada de un leproso en tiempos bíblicos se tratara.

Donde he podido lo he manifestado : no puedo creer en las buenas intenciones de esta ley. Y no puedo creer porque vivo bajo un régimen político que ha aceptado firmar cuanto convenio internacional le propongan, aunque después no lo cumpla, porque de lo que se trata es de mantener mundialmente una imagen de país democrático, solidario, preocupado por el bienestar público. Ninguno de esos organismos dice nada  al respecto porque, aunque firmamos la declaración de Derechos del niño y del adolescente, jamás comprueban que en los bares se sigue vendiendo licor a menores, en las calles a muchos de nuestros niños los destruye el crac o sobreviven de la prostitución o son sin piedad agredidos y se hace poco o nada por evitarlo, por ejemplo.

No puedo creer que están preocupados por la salud pública, porque la organización antitabaco que la promovió, los diputados que la aprobaron y la presidenta que la firmó, comparten la responsabilidad de permitir que miles de empresarios sigan morosos con la CCSS, de pagarle la deuda del estado con bonos que nadie quiere adquirir y escamotearle una millonada en intereses, con la que, según expertos, se pudieron construir dos hospitales y disminuir en un cincuenta por ciento las "colas" en cirugías.

Es que existen múltiples antecedentes donde fundamentar mi incredulidad en las preocupaciones puras y legítimas del estado por los habitantes del país: no puedo creer que a quien la Constitución le obliga a velar por la seguridad ciudadana, en lugar de pensar en un moderno sistema de transporte público, llegó a eliminar los trenes y permitió que unos cuantos se enriquecieran abarrotando de autos y camiones desechados en países ricos, nuestras pésimas calles , sin obligar a los concesionarios de carreteras a construir los pasos para peatones; un estado que está más comprometido con los intereses fiscales de una potencia controlando el trasiego de drogas ilícitas, que por el consumo interno de las mismas.
No creo en quienes nos exhiben por el mundo como el país "ecológico" y estaban dispuestos a permitir la explotación minera a cielo abierto y se hacen de la vista gorda ante la tala de nuestros bosques a punta de "mordidas" a funcionarios públicos encargados de velar por su conservación.

Con la Ley antitabaco, estamos ante un caso semejante a la Ley de tránsito vigente cuyas multas astronómicas a cercenado la Sala Constitucional en buena hora. En múltiples declaraciones  a la prensa, era obvio que al señor ministro de esa cartera, le importaba fundamentalmente dejar de percibir los millones que producían las multas, tanto que hasta llegaron a bajar límites de velocidad para estimular a los infractores y justificar la inversión en el  dudoso negocio de las cámaras de vigilancia.

La gran diva en los dorados
tiempos en que fumar era
sinónimo de elegancia y
distinción.
La de segregación de fumadores, es ley de moral doble, porque que permite vender cigarrillos en los bares y restaurantes, pero no permite fumar en ellos, por lo que sospecho que lo que más les importa son los beneficios económicos que por la venta de cigarrillos con elevados impuestos, solo en cajetillas de veinte unidades y las posibles multas a los infractores, puedan recibir. Todo esto en medio de una marea alta de corrupción que en mi ingenua juventud jamás imaginé.

Echaré de menos muchas cosas, entre ellas perderme fiestas donde no se permita fumar, algunas tabernas agradables, muchos restaurantes de sabrosa comida, invitaciones a conferencias, exposiciones y funciones de teatro en días lluviosos.

Pero confío en el ingenio popular que ya se prepara para crear bares clandestinos disfrazados de fiestas familiares y aplicar malabares que la ley facilita para, en sitios prohibidos, evadir las multas.
Igual confío en la incapacidad de las autoridades de salud para aplicar las leyes, como en los casos verdaderamente criminales de venta de licor a menores, basureros ilegales,  contaminación de ríos con basura y materia fecal.

Y me imagino fumando en una parada de autobuses cuando alguna persona me diga: "Si no deja de fumar, llamo al 911" y ver aparecer rauda y veloz a una radiopatrulla en cosa de segundos. Pero en el caso excepcional de que no apareciera, esa persona me dirá: "Déme la cédula para anotar sus datos y denunciarlo. ¡Ah! y ustedes dos también para citarlos como testigos".

Declaro bajo juramento, que no tengo, ni he tenido ningún vínculo directo de amistad o de índole comercial con industria tabacalera ni agricultor  alguno del tabaco.
Digo todo esto con muchas ganas porque lo tenía como "abejón en el buche". Lo digo a sabiendas de que me expongo a que me  declaren enemigo de la salud pública o que digan que lo que hago es una apología del tabaquismo y termine quemado en una hoguera alimentada por hojas y ramas de tabaco en la Plaza de la Democracia.

EDUARDO ZÚÑIGA
18 de abril del 2012

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