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lunes, 6 de agosto de 2012

Chavela en el Teatro Nacional: una experiencia mágica.

Cuando empezaba su carrera
profesional en México.

Por haber estado allí, me sentí como uno de los seres más privilegiados del planeta.

Corrían los años noventa. Chavela, entre un público que se puso de pie para aplaudirle, hizo su entrada en el Teatro Universitario de Bellas Artes, UCR. No llegaba a cantar. Cantaría al día siguiente el primero de tres conciertos en el Teatro Nacional. Llegaba a un encuentro con estudiantes y profesores universitarios.
Hizo un breve resumen de su salida de Costa Rica y su llegada a México, donde afirmó que entre otras cosas al principio se ganó la vida cosiendo, aplanchando y limpiando y cómo fue a ver a José Alfredo Jiménez y le dijo "No vengo a ver si puedo, vengo porque puedo".
Finalmente el público le hizo preguntas. Yo le dije: Chavela, te conocí por tus discos en los setentas, cuando recién ingresaba a esta Universidad, me los devoré una y otra vez hasta dañar la aguja del tocadiscos…Te esperaba desde entonces.¿Por qué tardaste tanto en venir? y ella sonriente me contestó: "Yo creía que aquí nadie quería escucharme, fue por eso. Pero gracias por esperarme tantos años, ni un amante hace eso".

Al día siguiente, la entonces directora Graciela Moreno, le daba el más prestigioso escenario de que dispone el país, el Teatro Nacional después de haberse paseado por los escenarios europeos reservados solo para los grandes del mundo. Sentado con una amiga y dos amigos en la luneta, de fondo en el escenario una cámara negra, se encendió una luz y luego otra que iluminaron a los guitarristas y finalmente otra sobre un micrófono. De entre las sombras surgió un poncho rojo y dentro de él la gran Chavela Vargas. La escena se llenó de luz, como si fuera la Vargas la que la proyectara.
Chavela en el Teatro Nacional
de Costa Rica en, los 90.
El público que abarrotaba el teatro se puso de pie y aplaudió hasta que ella con un gesto pidió que por favor pararan para empezar. Y sin decir una palabra, empezó: "Si tienes un hondo penar, piensa en mi, si tienes ganas de llorar, piensa en mi…"
Y así entre aplausos, exclamaciones, hurras, vivas que apenas la dejaban cantar, fue desgranando parte de su extenso repertorio: "Ponme la mano aquí, Macorina…", "La huasteca está de luto se murió su huapanguero…", "Mi china me conoce ya hasta en los pasos, per si piso fuerte se queda en duda…"

Después de casi hora y media de ver a una mujer que con su sola presencia y su voz llenaba hasta el último rinconcito del teatro, salimos.
Recuerdo que no hablamos casi, porque veníamos colmados, llenos pero, con ganas de oír más y sin palabras para expresar esa experiencia mágica y yo, por haber estado allí, me sentí como uno de los seres más privilegiados del planeta.

EDUARDO ZÚÑIGA

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